Claro, me tomó de la cintura, sino
no sería un beso como tal. Sentía una desesperación impotente en mi cuerpo,
pero también temía que no fuera como quería. No sé, tal vez son las miradas,
aquellas con un destello de emoción, sea real o no; aunque creí que en ese
momento no había nada más cierto que eso. A la mierda el tanto pensar, el
mirar, el detallarse, aunque por un momento, cuando me cerró sus ojos, pensé que todo terminaría allí,
pero supe al instante siguiente que iba a ser algo que no reviviría, quizás con
él tampoco. La gente pasaba, alrededor,
quitaba la mirada de nosotros por vergüenza, envidia, otros miraban con
recuerdos quizás de dónde. Aún más cuando nuestros labios se tocaron. Un
momento antes, al sentir su respiración, sé que mi corazón se detuvo. Las
mariposas explotaron dentro de mi cuerpo y, las que quedaban, aleteaban con
fuerza para escapar y no me dejaban sentir aquella paz que no quería volver a
sentir nunca. Quería estar allí por siempre, lo juro. Nuestros labios se movían
pretendiendo que tocaban lo más delicado del mundo, o al menos para mí fue así.
Una sonrisa de aquí para allá junto a mis labios y los suyos, sus dientes, su
respiración agitada, esa lengua que intentaba participar, pero que yo no
permitía porque me sentía demasiado avergonzada; aún sus manos en mi cintura,
luego, una subiendo hasta mi cuello, apegándome a su cuerpo. Sentí el deseo que
se formaba. Ojala no existiera nadie más allí, ojala pudiera sentir todo por
siempre; o, tal vez, así perdería la gracia. La imaginación se fue sobrepasada.
El olor, el aliento, el tacto participando con el movimiento de los labios y
unos dedos tocando lugares tan visibles y sensibles, aunque no tenía ni idea
sobre ello. Ni los sueños equivalían. No se medía, solo se sentía. Tal vez, los
presentes lo percibían, tal vez, él también lo hacía, aunque no estoy segura.
Ese brillo se reflejaba en mi o, tal vez, él lo reflejaba. De eso no me aseguro
todavía, aunque no tengo cómo hacerlo. Entendí por qué, entonces, había sido
solo un momento.
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