He perdido bastantes guerras contra mí misma en los pocos años que sigo viva,
poco a poco me siento masoquista dentro de mis desvaríos,
no querer aceptar el enamoramiento es, indudablemente, la perdición de unos
y la alegría para los fuertes,
porque ese amor deja vestigios.
Una melodía, un libreto de alguna obra que leímos juntos,
un discurso filosófico en medio de un parque en una noche de verano,
ideas del amor joven y el maduro que tanto me revolvían la cabeza,
ojalá supieras que ya los miro desde fuera.
Porque enamorarse es poco, es insuficiente;
el describir una conexión como yo la sentí me es imposible.
Quise tanto, tanto, tanto. Quise tanto, tanto, tanto, tanto.
De a poco ese deseo deja la frustración atrás y se vuelve un lindo recuerdo de un sentimiento profundo.
Me olvido de tí y tú de mí.
No nos existimos para el otro.
Mi amor, te dije. Dijiste te amo, me hablaste.
Y ahora miro desde lejos tanto cariño caerse al vacío, a la basura.
Nos perdimos del uno y del otro.
Y no puedo estar más feliz por ello.
Aunque escribo esto con lágrimas lloronas de espantar y desmoronar lo que he logrado.
¿Gané o perdí?
Más bien
ganaste tú.