Tenía la cabeza mojada sobre el pasto, aunque aún estábamos
en pleno verano.
Desde ese faro, modelo tradicional (más internacional,
diría yo), se veía una tela de araña a contra luz.
Pensé que nos caería uno de esos bichos en la cara.
Nos alejamos un poco, pero no lo suficiente como para
dejarla de ver.
Brillaba, al menos a esa hora de la noche.
Es obvio que también se veía el humo del cigarro
suelto que compartíamos.
Quise mucha cosas, pero no me moví.
Leías Anacondas
en el Parque en voz alta, sorprendiéndome con la muerte de la mano
escritora.
Uno
menos.
Tenía ganas de llegar como él lo hace, pero parece
imposible siendo tan como tantos, como todos.
Me perdía en alcanzar un objetivo que me inventaba
como creíble.
Y también en el río. Ese que de día no se escuchaba
tan poético, tratando de olvidar toda la mierda que trae.
Nadie se preocupa de él, ni él de mi.
Tampoco supe si te gustaba o no, pero te levantaste
hacia él, sobre su barandal, con el viento helado y aún con el cigarro a
medias.
Tu espalda se veía más grande desde allí, con el libro
en mi mano y tú recitando pasajes de una obra que ya te había oído.
Me gustaba, pero porque ahora no había más público.
Siempre te quedaba solo yo. Parecía costumbre.
Me mirabas como nunca o tan común como siempre,
diciéndome más sobre Lemebel.
Lo pienso ahora y las coincidencias de su crónica eran
muy obvias. En una de esas por eso lo elegiste.
Abrí la lata de cerveza que comenzamos a compartir
sobre el barandal. Ese que nos daba la ilusión patética de Santiaguinos a la
orilla de un río, en vez de estar a varios metros sobre él para no oler su
basura.
Yo lo hacía; lo hago.
Y lo sé porque recuerdo esto y es patético.
Típico de lo común, también.
Eras lo único lejos de ser común en mi vida.
O eres. Ni siquiera lo sé.
Al beber la lata mientras sentía que quería compartir
mil cosas más, me cagaba de miedo.
Y, en frente, el río quedaba opacado por el Costanera.
Tal vez porque era extraño que a los pies de un mall tan cuico hubiera un río lleno de
caca.
También era irregular estar sin nadie, contigo.
Aguantando abrazos amistosos llenos de buenas intenciones.
Las sentía como buenas intenciones.
Aún así, no quería detenerme.
Quería seguir leyendo en voz alta La esquina es mi corazón en cada lugar de cada cuento, con tu voz.
Pedía, a gritos.
Por el frío, tal vez, en Marzo, tan irregular, todo
iba a salirme mal, como a todos con este cambio climático que nos dejó solo con
dos estaciones al año.
Ese frío que provocaba el pasto mojado a esa hora de
nuevo, al lanzarnos en él.
Aún le quedaba la última al cigarro.
Preguntaste si sería divertido caminar por afuera del
Costanera, hacia arriba.
Hasta
de cabeza.
Lo pensé o creo que lo hice.
O, tal vez, se me ocurrió ahora. Podría ser todo un
invento mío; incluso lo de la araña por sobre nuestras cabezas.
Presiento que me até de pies y manos, esperando
mientras se me viene el cielo que vimos esa noche, encima.
Daba esa sensación.
Mientras intenté decidirme si tomaba tu mano o no, se
me apretaban los nudos y mi estómago, hasta que comenzó a doler.
Me dolió en metros
y metros de un parque "verde que
te quiero" en orden, que simulaba
un Versalles criollo como escenografía para el ocio democrático; de
nosotros. De lo que no nos podemos apropiar.
Pero por tu culpa. O por la mía.
Si yo me até es más una que la otra, supongo.
O también podría ser una invención mía.
.
.
.
.
.
Necesitaba poner un lugar exacto para esto. La verosimilitud es primordial aquí.
Ahora que lo pienso, estaba tan atada que todo lo que salía de mí era-
A petición. Y también porque el desligarme es lo mejor que me ha pasado en años.